Eva Margarita García: “La violencia obstétrica es invisible porque forma parte de un paradigma médico que hemos adoptado como el único válido”.

Por Ileana Medina Hernández

Eva Margarita García es Licenciada en Filosofía, Máster en Estudios de Género, Doctora en Antropología, y ha defendido en la Universidad Autónoma de Madrid la primera tesis doctoral sobre violencia obstétrica en toda Europa. El concepto de “violencia obstétrica” es aún negado por muchos profesionales de la medicina, incluidos los que dirigen las asociaciones de ginecólogos en España. Sin embargo, incluso la Organización Mundial de la Salud se ha pronunciado sobre la falta de respeto y el maltrato que muchas veces ocurren durante la atención al parto en los centros de salud de todo el mundo.

A lo largo de esta entrevista, Eva analiza el concepto de “violencia obstétrica” y lo contextualiza en todas sus coordenadas, que van desde cuestionar la infalible “objetividad” de la ciencia, hasta los lugares de encuentro del feminismo y la maternidad, para terminar hablando de amor.

Cuéntanos algo sobre ti, cómo te presentarías o definirías.

La verdad es que esa es quizás una de las preguntas más difíciles que me puedan hacer, porque creo que estoy en continuo proceso de construcción, por eso no sé bien cómo definirme o ni tan siquiera quién soy yo. Académicamente, me licencié en Filosofía, cursé un Máster de Género y después me doctoré en Antropología. Profesionalmente, trabajo como editora en una de las editoriales más grandes de España, actividad que combino con la investigación sobre temas de salud femenina. Personalmente, tengo dos hijas a las que adoro, practico ballet clásico desde que tengo uso de razón y amo la naturaleza, los animales y los libros. Espiritualmente, soy una persona curiosa y que siempre busca los porqués, lo que me lleva a continuas frustraciones porque nunca llego a nada. El “solo sé que no sé nada” es quizás una de las frases más sabias que existen.

Has realizado la primera tesis doctoral sobre violencia obstétrica en Europa. ¿Qué te llevó a elegir ese tema?

He estado investigando este tema en profundidad durante cuatro años porque me resulta apabullante lo invisibilizada que se encuentra. Así que podríamos decir que mi razón principal fue por puro activismo. También considero que llevar ciertos temas al ámbito académico, por desgracia, es muchas veces un paso importante para que se tomen más en serio. Yo me encontré, cuando empecé la investigación, bastante perdida desde el punto de vista bibliográfico, porque había muy poco escrito, y ahora cada vez se encuentran más textos y otros soportes que la sacan a la luz, aunque creo que aún queda muchísimo por hacer para visibilizar la violencia obstétrica y por ello deslegitimarla.

¿Qué es la violencia obstétrica y cómo podemos ayudar a que tanto usuarias como profesionales del sistema de salud que no la ven, puedan ser conscientes de ella?

La violencia obstétrica es la suma de violencia de género y mala praxis médica en la atención de los estados fisiológicos de las mujeres, principalmente embarazo, parto y puerperio. Es muy difícil de visibilizar porque forma parte de un paradigma médico que hemos adoptado como el único válido: el modelo médico hegemónico, o medicina alopática, o biomedicina. Este modelo médico es profundamente androcéntrico y usa al varón como la norma, por lo que las mujeres seríamos algo así como la otredad.

La medicina hegemónica no es siempre objetiva ni “científica”, tiene muchísimos sesgos de género, sesgos etnocéntricos, etc. Claro, visibilizar algo que está legitimado por todo un paradigma científico de muchísimo peso resulta extremadamente complejo. También se unen muchos factores que dificultan su identificación. Por ejemplo, la visión sociocultural que tenemos del embarazo y del parto, y que podemos ver en el cine o los medios de comunicación, no ayuda a que veamos este momento de la sexualidad femenina como algo natural y fisiológico. Al revés: la mayoría de mujeres tiene un miedo atroz al momento del parto, algunas llegan a desarrollar una auténtica tocofobia, y al final manipular a una persona que tiene miedo resulta realmente sencillo.

Además, temer al parto va de la mano del tratamiento patologizante de ese momento: y este es el quid de la cuestión, porque en otras disciplinas médicas, cuantas más intervenciones se realicen, mejor; pero en el parto, cuantas más intervenciones se realicen, peor, porque tantas más serán necesarias. El círculo vicioso del intervencionismo es lo más antifisiológico que existe, patologiza y dificulta el embarazo y el parto, y desde luego impide que las mujeres puedan tener una experiencia positiva de un momento tan importante.

Los profesionales de la salud muchas veces no ven la violencia obstétrica por la sencilla razón de que ellos han estudiado cómo atender a las mujeres dentro del modelo médico hegemónico, con toda la carga sexista que conlleva. Además, a las matronas se las enseña a manejar los partos de manera más fisiológica, pero los ginecólogos están para atender patologías: si han sido instruidos en que los partos son procesos patológicos, solo verán patologías por todas partes, incluso cuando el parto progresa adecuadamente: esto explica por qué en la sanidad privada, donde son los ginecólogos los que atienden los partos, se dan muchísimas más intervenciones que en la pública, donde los partos normales son atendidos por matronas, que tienen una visión más fisiológica y que realizan de media muchas menos intervenciones. Por otro lado, los protocolos de muchos hospitales no ayudan precisamente a que se cambie todo esto, ya que aunque organismos como la OMS alertan una y otra vez de que no se deben realizar intervenciones innecesarias, y también documentos como la Estrategia de Atención al Parto Normal insisten en lo mismo, lo cierto es que en España sigue perpetrándose un exceso de intervenciones, el trato no es siempre el adecuado, y el grado de satisfacción de las mujeres con sus partos suele estar bastante justito de media.

Desde la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia ha llegado a negarse que la violencia obstétrica exista. ¿Qué podemos hacer, qué podemos esperar?

La SEGO es una institución profundamente sexista a tenor de muchas de las declaraciones que ha realizado (no nos olvidemos de las famosas tiras “cómicas” que finalmente retiró pero por las que jamás pidió perdón), que bebe directamente del paradigma androcéntrico médico. Está en consonancia con los protocolos anticuados que aún tenemos en este país, ya que por desgracia existe un gran desfase entre lo que dicta la evidencia científica y lo que luego se realiza aquí. Yo soy positiva, en el sentido de que creo que todo irá mejorando paulatinamente –aunque no tan deprisa como nos gustaría-, de que esos señores irán jubilándose y de que incluso a una institución como la SEGO no le quedará más remedio que dar paso a lo que la ciencia dice, porque el intervencionismo excesivo está totalmente desaconsejado y al final esto caerá por su propio peso.

Pero también es importante tener en cuenta una cosa de la que poco se habla: los profesionales son muchas veces igualmente víctimas de la violencia obstétrica, son la otra cara de la misma moneda. En primer lugar, por la visión sociocultural que tenemos del parto como momento peligroso, se acaba practicando una medicina defensiva, donde los profesionales tienen miedo a las demandas, por lo que actúan “de más” para que en caso de juicio no pueda decirse que no hicieron todo cuanto estuvo en sus manos. Y en segundo lugar, muchos profesionales acaban abriendo los ojos y viendo cómo la violencia obstétrica está normalizada, pero no pueden hacer nada, porque supone una lucha contra el sistema que simplemente les viene enorme. Recuerdo cómo uno de los médicos que entrevisté para mi tesis me contaba que “a la primera generación de profesionales que quieren cambiar las cosas se los cargan a todos, y a partir de la segunda generación empieza a mejorar”.

También recuerdo la entrevista que le realicé a una matrona, que sin parar de llorar me contaba cómo a ella la obligaban a realizar prácticas con las que no estaba de acuerdo, pero que si se negaba a esto, perdía el trabajo. Por supuesto, también hay profesionales que nunca han sido conscientes de que exista la violencia obstétrica y probablemente nunca lo serán, pero es un grave error meter a todos los profesionales en el mismo saco, porque en la máquina endiablada del modelo médico hegemónico, ellos no son más que engranajes que realizan un trabajo tal cual se les ha enseñado y del cual muchas veces no han realizado una reflexión más profunda. Creo que esto sucede en todos los temas relacionados con el género: hace falta aún muchísima pedagogía, muchísima reflexión. Estamos aún en pañales.

Algunas mujeres consideran que la cesárea puede ser una opción libremente deseada y elegida por las mujeres, así como también alquilar sus propios vientres, por ejemplo. ¿Debemos las mujeres poder elegir siempre, aún a riesgo de nuestra propia salud?

Las mujeres deberíamos tener siempre la capacidad de elección y de autorresponsabilizarnos de nuestra propia salud. Pero claro, ¿qué es una libre elección? ¿Una mujer que desea una cesárea electiva porque tiene terror al parto a causa de la visión sesgada que sobre este tenemos en Occidente? Creo que ahí los profesionales de la salud tienen el papel crucial de explicar apropiadamente, con todos los pros y los contras. Y después que las mujeres decidan, por supuesto, pero siempre entendiendo su elección hasta sus últimas consecuencias. Las mujeres no somos niñas pequeñas con necesidad de ser tuteladas. Pero desde luego una libre elección implica una completa información, cosa de la que muchas veces carecemos.

El tema de los vientres de alquiler es totalmente peliagudo y sucede como con el debate de la prostitución: nos imaginamos que las mujeres que alquilan su útero como quien alquila una bicicleta lo hacen de manera altruista, para ayudar a que una pareja cumpla su sueño de tener un bebé. Y no es así. La mayoría de las mujeres que alquilan su vientre –al igual que la mayoría de mujeres que alquilan todo su cuerpo- lo hacen porque no les queda más remedio, porque viven en un estado de pobreza tal que ya no tienen más posibilidades para sobrevivir. Claro, existirá una minoría muy pequeña que no está en esta situación, mujeres que realmente se prostituyen porque con ello ganan dinero, o mujeres que alquilan su vientre en países occidentales sin tener realmente necesidad de ese dinero, pero… ¿qué porcentaje ínfimo es ese en el mundo? Además, es curioso cómo todo esos “negocios” de explotación de cuerpos femeninos –ya sea en empresas de alquiler de vientres o de mero proxenetismo- suelen tener detrás a gerifaltes masculinos que se lucran al máximo con todo esto. De nuevo, los esquemas patriarcales se reproducen una y otra vez. Y, por supuesto, en el alquiler de úteros no se está teniendo en cuenta algo de suma importancia: el bebé no es un “producto” ni la madre una “fábrica”, es un ser vivo con necesidades afectivas que no se están teniendo en cuenta. Separar a los bebés de sus madres para dárselos a otros padres es un robo emocional espeluznante, y desde luego aquí se está poniendo el deseo de tener un bebé por encima de ese mismo bebé. Es horroroso.

El reciente fallecimiento de un bebé en un parto en casa, ha vuelto a poner sobre la mesa un debate superficial donde todo el mundo opina sin mucho conocimiento objetivo. ¿Debería la sanidad pública española contemplar supuestos de parto en casa como ocurre en otros países de Europa?

Los medios de comunicación, muchas veces en su afán de sensacionalismo, no tratan este tema de la manera adecuada, lo que da paso a que la opinión pública arremeta contra los partos en casa sin tener realmente mucha idea de si son seguros o no. Los estudios demuestran que los partos en casa son exactamente igual de seguros que los partos hospitalarios, con la ventaja de que en los partos en casa no se darán las cascadas de intervencionismo que se producen en los centros hospitalarios, por lo que la experiencia de base ya será mucho mejor. Es cierto que los partos en casa conllevan ciertos riesgos, pero los hospitalarios también, pero esto se nos suele olvidar porque vemos los hospitales como la panacea de la seguridad, cuando muchas veces es justo al revés.

Considero imprescindible que se normalicen los partos en casa y que la Seguridad Social los cubra, como sucede en muchos países occidentales. Pero para eso tiene que cambiar el paradigma sociocultural del embarazo y el parto, tanto la visión que tienen los profesionales como la de las propias usuarias y de la sociedad en general, y esto llevará tiempo.

El feminismo y la maternidad a menudo tienen desencuentros, pues desde algunos sectores feministas se considera la maternidad como un “obstáculo” en la vida y la carrera de las mujeres. ¿Cuál sería para ti el lugar de encuentro para una maternidad feminista?


Es que no existe un único feminismo. Para mí hablar de “feminismo” como si solo existiera uno es un grave error, porque dejaría fuera a muchas personas que no se identifican como feministas según esta visión. Afortunadamente, existen muchos feminismos y por ello se posibilitan los debates y el progreso. El problema sería más bien que el único feminismo que suele tener algo de poder político (no hay más que ver el debate de los permisos intransferibles) es el más institucionalizado, y es cierto que este bebe directamente del feminismo de la igualdad y no tiene en cuenta que género y sexo son cosas diferentes. Además a todo esto, se añade el miedo a ser tachadas de tránsfobas, por lo que se acaba metiendo a todo el mundo bajo el mismo paraguas y diciendo cosas tan absurdas como “personas con vagina”. Al final, con todo esto se borra a las mujeres, porque intentando deconstruir el género nos acabamos cargando al sexo y el feminismo, ya no tendría como sujeto central a las mujeres, sino que se acabaría dando la vuelta como un calcetín y deslegitimando muchas batallas que aún no han sido ni remotamente ganadas. La maternidad tiene que ser feminista, la infancia es importantísima, y para mí el lugar de encuentro de maternidad y feminismo es aquella que trate a los bebés como criaturas con una necesidad formidable de apego para con sus madres, es aquella que da la bienvenida a la lactancia, a la ecología, a la cooperación y no la competitividad, al amor, a fin de cuentas. Porque un feminismo sin amor, al final, acaba dándole la mano al patriarcado, que en definitiva no es más que un monstruo jerarquizador y caníbal desprovisto de amor. Y esto es justo de lo que hay que huir. Necesitamos mucho, muchísimo más amor para salvar el mundo.

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